lunes, noviembre 15, 2004

Interesante

Europa sin identidad

Ángel LÓPEZ-SIDRO LÓPEZ Ahora, a toro pasado y sin remedio, algunos deben de estar despejando sus dudas acerca de la necesidad de haber mencionado las raíces cristianas en el texto de la Constitución europea. Lo que resulta decepcionante es que no se viera antes, tan poderosos son los efluvios narcotizantes de lo políticamente correcto. Porque cuando parece que se abre una rendija a la entrada de Turquía en la Unión Europea, y los analistas sienten un estremecimiento de inquietud que les traspasa, nos encontramos con la lengua cortada y los argumentos mutilados para enfrentarnos al desafío. Debe de ser algo ya plenamente aceptado –no por ello expuesto claramente– que no es posible hablar de religión, salvo para atacarla o mofarse de ella, sin que uno reciba vituperios y vea cómo su discurso es colocado al nivel del betún. Por supuesto, cuando decimos religión nos estamos refiriendo a la cristiana, porque la islámica no suele ser vista como tal, sino como una especie de marchamo cultural propio de pueblos cada vez más vecinos. En cuanto que cultura, merece por lo visto todo el respeto del mundo, incluso la veneración silenciosa –por lo de callar ominosamente– que nunca se va a conceder a lo cristiano. En fin, una sorprendente espiral de sinrazones que nos sitúan ante el siguiente panorama: el islam está acreciendo vertiginosamente su identidad colectiva, a menudo hasta el radicalismo, mientras Europa disfraza, oculta o incluso persigue sus señas cristianas, al tiempo que abre los brazos al visitante islámico. Algún despistado dirá frente a esto que, al margen de ser hechos constatables, no entiende qué trascendencia pueda tener. Claro, pensamiento ciego propio de quien se ha acostumbrado a que la religión sea arrinconada socialmente como un vestigio del pasado que se interpone en el avance de la sociedad hacia el progreso –que ya sabemos que no es un camino, sino un lugar paradisíaco donde el hombre será Dios–. Ignorar algo tan esencial como que la religión sí que importa, y condiciona y mueve las vidas de millones de personas, y desde esta ignorancia tomar decisiones, es un riesgo que el frágil equilibrio del mundo no puede permitirse. Es posible que para Europa la religión que ancestralmente han profesado sus gentes sea algo de lo que pueda prescindir. Desde luego es evidente que lo cree así, incluso por parte de muchos creyentes que se dejan conducir sumisamente a las catacumbas. No parece que esta convicción se conmueva ante la corrupción social derivada de la metódica destrucción de las familias o ante los devaneos enloquecidos de las biotecnologías; mientras pueda mantener un nivel de bienestar, pensará que su camino hacia el abismo es el correcto. Pero puede que la conmoción venga de fuera en forma de amigo islámico. Para éste, la religión –lo que aquí se ve como mero folclore– es algo central y sagrado, que además se halla infiltrado en la misma sociedad política hasta el punto de que la verdad en la que creen empapa toda la concepción del Estado, considerando despreciables los países occidentales que han degradado su moral hasta la náusea. De pronto nos vamos a encontrar con un interlocutor bien consciente de su identidad, que la considera indiscutiblemente verdadera y que a lo largo de toda su historia ha tenido vocación expansiva e impositiva. Frente a él, se levanta una Europa que, con tal de no provocar discusiones, renuncia a sus raíces y enmudece a sus creyentes. Para el islam no puede haber nada más apetitoso que un adversario débil –cualquiera que no tiene fe lo es– y nada más despreciable que un contrincante ateo y degenerado. Como decía, vienen estas reflexiones a propósito del posible ingreso de Turquía en la Unión Europea. Se discuten el respeto de este país a los derechos humanos y sus logros económicos, y está bien que se haga un examen serio de estos factores. Pero se desdeña su identidad religiosa porque es lo que previamente se ha hecho con la propia de Europa. Craso error. Por mucha laicidad que constitucionalmente revista a Turquía, no hay que olvidar que la misma sólo ha podido sostenerse por la fuerza del ejército, y que actualmente es un partido islámico el que gobierna el país. El islam se sabe fuerte porque está unido en torno a sus convicciones religiosas. Europa, por su parte, a lo más que puede llegar es a ponerse de acuerdo en mantener las comodidades a las que se ha acostumbrado. Sabemos, aunque todavía algunos prefieran cerrar los ojos, hasta dónde puede llegar el islam por dar el triunfo a su visión del mundo. Me pregunto con temor si no ha sido siempre la fe la que ha vencido frente a la comodidad, si no es un espíritu fuerte el que se ha impuesto a las tendencias del cuerpo. Es falso que el islam venga a Europa a disolverse en medio de la «tolerante» sociedad laica que se le está preparando, y el autoconvencimiento contemporizador que está practicando Europa a este respecto recuerda demasiado al contubernio de Múnich. Hoy por hoy el islam no está dispuesto a renunciar a sus creencias, sino más bien se aferra a ellas como señas de identidad que están haciendo que recupere un papel en el mundo. Europa debe ir pensando en la forma de recobrar su identidad porque no hay diálogo si uno ha renunciado previamente a lo que es: si se elige ser nada, vendrá otro más convencido de sí mismo y lo rehará a uno a su manera.

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